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Delicatessen, nuevo relato

Matt sueña con llegar a convertirse en un afamado chef, pero de momento tiene que conformarse con ser lavaplatos en L’orbe, un restaurante con tres estrellas Michelin donde no solo los platos son exquisitos.

Aquí tenéis mi último relato corto, Delicatessen. Lo podéis leer online en Wattpad, Amor Yaoi  y Scribd. Si preferís descargarlo, podéis hacerlo en formato epub, pdf y mobi pinchando en el enlace que veréis a continuación.

Muchas gracias por seguir escogiendo mis historias.

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Sinopsis de Océanos de sangre

Kert es un joven marinero, ingenuo, idealista, generoso, embarcado en la goleta Escualo. El Capitán Ireeyi, un pirata despiadado, entregado en cuerpo y alma a una venganza por la que ha jurado morir, se cruza en su camino tras un cruento abordaje. Después de una noche de subyugación y sexo, Kert se verá preso de un amor descabellado hacia un hombre brutal que no le corresponde; un hombre que no necesita ni quiere amar, y por el que iniciará un viaje lleno de dolor y peligros, con la esperanza de lograr algún día alcanzar su corazón.


Si quieres estar al día de todo lo referente a esta historia, pincha aquí y hazte fan de su página de facebook. Recuerda, Océanos de sangre podrá leerse online y gratuitamente.
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Calentando motores para el aniversario.

Hola a todos y todas. Pues sí, la cosa va de aniversarios. Por un lado el del blog, al que tengo un poco abandonado en los últimos meses; pero ya se sabe, la vida ahí fuera es un poco complicada. En julio cumplirá cinco añitos, ¡quién lo diría!. Pero este 2014 también celebro otro aniversario, el de mis diez años como escritora en la red (sí señoras y señores, diez años ya. ¡Qué vértigo!) En el 2004 publiqué el primer capítulo de Juegos de Seducción en la mítica página Amor Yaoi, y bueno, el resto es historia. Mucho ha llovido desde entonces y aún estoy aquí, lo cual, teniendo en cuenta mi tendencia a la pereza, mi falta de iniciativa y mi arraigado pesimismo, es todo un milagro. Por ello creo que es de rigor celebrarlo como es debido. Para empezar en julio tengo previsto poner en marcha un sorteo con regalo de libros en papel y electrónicos. ¿Qué libros? Bueno, creo que podéis imaginarlo. Y para agosto, si todo sale según tengo planeado, comenzaré a compartir por capítulos una nueva-vieja historia que seguramente algunas de las más antiguas seguidoras conoceréis y a la que, a pesar de haber dejado de lado en más de una ocasión en beneficio de otras, tengo especial cariño. ¿Sabéis cuál? Venga, os dejo como pista el dibujito de la izquierda. Fácil, ¿eh? Lo dicho, se nos viene concurso y nueva historia.
No os lo perdáis.
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¡¡Feliz Día del Libro con regalo!!


Hola a todas y todos. Hoy os traigo un gran regalo para celebrar el Día del Libro. Grande sí, porque grandes son las autoras (y una humilde servidora) las que firman los relatos que forman parte de la recopilación que con el título Nueve sonatas literarias, hoy os queremos regalar.
Aurora Seldon, Aya y Natsu Athalia, Bry Aizoo, Carol Leons, Freya Karstein, Estudio Third Kind, Mer González, Sofía Olguín y yo misma, hemos puesto mucho cariño en este pequeño gran proyecto que esperamos sea de vuestro agrado. 
Aquí os dejo los enlaces para poder descargarlo, y no os cortéis, contádselo a todo el mundo y compartir; pues como dijo Ciceron: "Un hogar sin libros es como un cuerpo sin alma"





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Proyecto de Enero de Adictos a la escritura · Escritura sorpresa (los géneros ocultos)

Hoy, después de muchos meses, vuelvo a participar en los proyectos de Adictos a la escritura. En esta ocasión el ejercicio consiste en escoger una foto de entre seis y después escribir un relato inspirado en esa foto y enmarcado en el género literario que oculta. Mi elección fue esta:


Y el género que corresponde a la imagen es Fantasía. Mi relato se titula Sueños en una botella y podéis leerlo a continuación. Se agradecen comentarios y consejos para mejorar la historia.

Sueños en una botella.


Extendió el brazo y su mano acarició la soledad de las sábanas; el tacto frío en los dedos le hizo girar la cabeza.
—¿Francesca? —murmuró somnoliento. La intensa luz que se adentraba en el dormitorio a través de la ventana, le forzó a parpadear—. ¿Qué hora es?
Trabajosamente se sentó en el borde de la cama. Mientras que con una mano se frotaba el rostro, con la otra trasteó por la superficie de la mesita de noche en busca de su reloj de pulsera. Los dedos chocaron contra algo que rodó con un lento rumor. Miró y vio una botella de cristal aproximándose el borde del mueble. Era de tamaño mediano, transparente, con un corcho blanco por tapón y en su interior guardaba un puñado de arena fina y blanquecina. Detuvo su movimiento y con el mismo gesto indiferente agarró el reloj y consultó la hora. Los dígitos marcaban las siete de la mañana y eso le resultó extraño. Había mucha luz en la habitación, una luz resplandeciente, cálida, acariciadora, más propia de un veraniego mediodía en la playa que de un amanecer otoñal en plena metrópoli.
Tiró el reloj sobre la mesita de noche; era evidente que no funcionaba bien.
—Genial —gruñó, levantándose—. Ahora llego tarde al trabajo.
¿Y Francesca? ¿Y los niños? ¿También se habían quedado dormidos?
—¡Francesca! —llamó, sin obtener respuesta—. ¿Por qué no me has despertado?
Salió al pasillo; allí también brillaba el sol. Se colaba por el largo tragaluz del techo y era tanta la claridad, que resultaba molesto. Al llegar frente al dormitorio del pequeño de la familia, se asomó dentro. Las sabanas revueltas, los peluches desperdigados por el suelo; torció los labios en un gesto de resignación, aquello era lo habitual en el inquieto Miles.
—¡Niños! —Miró en el cuarto de Abby. Su cama también estaba vacía y deshecha, aunque a diferencia de su hermano, Abby prefería el orden y todos sus juguetes formaban con marcialidad en las estanterías—. ¿Estáis desayunando?
Fue hacia la cocina. Al empujar la puerta de vaivén, el resplandor del sol le hizo guiñar los ojos. Las formas de muebles y objetos se difuminaron y por un instante todo dentro de aquella estancia fue una amalgama de luz y colores. Cuando su visión se adaptó a la profusión luminosa, distinguió sobre la mesa los restos de un copioso desayuno.
—Pero... —Desconcertado, se rascó la cabeza—. ¿Desayunan y se marchan sin despertarme? ¿Qué mosca le ha picado a Francesca?
Fue hacia el frigorífico y al ir a abrir la puerta, su vista recayó sobre un trozo de papel sujeto a la nevera con un imán en forma de palmera. En él, Francesca había escrito con su delicada y firme letra: «Cariño, recuerda que el martes llevo yo a los niños al colegio». El garabato de un corazón hacía las veces de firma.
—¡Ah, sí! —Sacó un tetrabrik de leche de la nevera y se sentó a la mesa—. Hoy es martes.
Se sirvió la leche en la taza de Abby y bebió con tranquilidad mientras observaba una botella de cristal con tapón de corcho tumbada en la mesa, entre la caja de cereales, la bolsa de pan de molde y el paquete de galletas con muesli.  
—¿Hoy es martes? —dudó—. Qué extraño. —Bebió un par de sorbos sin perder de vista la botella—. No recuerdo que ayer fuera lunes. De hecho no recuerdo que día fue ayer.
Alargó la mano e hizo rodar la botella adelante y atrás. La arena que contenía se removió lanzando algunos destellos dorados.
—Pero sí recuerdo...
Recorrió con la mirada su entorno. Se detuvo en los vasos y platos haciendo equilibrio en el fregadero; en la maceta de geranios sobre el alfeizar de la ventana con sus tres rojas flores recién abiertas; en el periódico doblado en dos en la esquina de la mesa, manchado de mermelada; en el desordenado estante de las especias; en las migas de pan sobre la encimera, junto a la tostadora; en el conejito de peluche de Miles tirado bajo la mesa; en la nota pegada en la puerta de la nevera.
—Todo esto... Lo recuerdo. Ya lo he visto antes. ¿Estoy sufriendo un déjà vu? —se preguntó.
Sonó el teléfono. Su repentino timbrazo no le sobresaltó; sabía que iban a llamar. Con la botella en la mano se levantó para coger el inalámbrico, que se hallaba en la encimera. Titubeó unos segundos antes de descolgar; sabía lo que iba a escuchar.
—¿Diga?
Una voz habló; alguien decía sentirlo mucho. Sentía darle aquella noticia sobre un camión y un camionero ebrio, y muchas víctimas inocentes.
La botella resbaló de sus dedos, cayó pesadamente y se hizo añicos contra el suelo sin hacer ruido. Los fragmentos de cristal salieron despedidos en silencioso vuelo, la arena voló centelleando bajo la luz del sol.
Se despertó de golpe; sudoroso, con un lamento estrangulado en la garganta.
—Cariño, ¿qué pasa?
Con un rápido movimiento se incorporó. Miró a su mujer, tumbada a su lado sobre una toalla, y a sus hijos, que jugueteaban al borde del mar, tratando de esquivar las lentas olas que lamían la orilla. Confuso, contempló el lugar, las palmeras en el extremo de la playa, la vieja barca de pescadores, la tostada arena.
—¿Estás bien? —preguntó Francesca; giró el cuerpo y apoyándose en el antebrazo, contempló a su marido. Lucía en la cabeza una pamela, vestía un reducido bañador y entre las manos sostenía un libro—. ¿Un mal sueño?
—Una pesadilla. —Alzó el rostro hacia el cielo, con la mano como visera para protegerse los ojos; el sol brillaba en lo más alto con una intensidad acogedora y deslumbrante—. La de siempre. La casa está vacía. La cocina desordenada. Tú y los niños no estáis. Y entonces la llamada...
Francesca acalló sus palabras acariciándole el rostro, consoladora.
—Solo es un sueño. Nada más. Tus hijos están bien, yo estoy bien. ¿Ves?
Asintió, abstraído. Se puso en pie y respiró hondo; el aire olía a mar y algas, y el sabor a sal le cosquilleaba en el paladar. Sintió el calor del sol sobre su torso desnudo, escuchó las risas de sus hijos, el susurro de las hojas de palmera agitadas por la brisa marina. Sí, había sido un sueño, claro que sí.
Se encaminó hacia la orilla; a cada paso los pies se le hundían en la cálida arena. Deteniéndose donde las olas rompían, mansas y espumosas, observó la línea infinita del horizonte, y el océano, semejante a una inmensa alfombra turquesa, que se desplegaba ante él.
«¡Qué paz!», pensó. «Es perfecto».
Bajó la vista. Las olas alcanzaban sus pies y se retiraban, una y otra vez. Y una y otra vez arrastraban un objeto cilíndrico envuelto en espuma que tintineaba al rodar sobre guijarros y conchas. Se inclinó para recogerlo y el agua le enfrió los dedos cuando se cerraron alrededor de la botella. Contempló la arena en su interior, blanca, muy blanca, salpicada de doradas motas que chispeaban bajo la luz del sol.
—Un sueño —musitó, acometido por un repentino y helado estremecimiento.
Y al girar la cabeza vio a su mujer sentada en la arena sonriéndole con su tranquilo optimismo, y a sus hijos corriendo por la playa persiguiéndose entre risas y gritos, y todo envuelto en la luminosidad placida e irreal de los sueños.
Abrió la mano y dejó que la botella resbalara de entre sus dedos. Las aguas se la tragaron mientras él abandonaba la orilla para reunirse con su familia.



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Mis publicaciones e historias compartidas

Hace unos días, Cam me preguntaba dónde podía conseguir un listado de todas mis historias.  A través de los menús desplegables de Publicaciones y Proyectos, se puede llegar a ellas, pero si es verdad que no hay un lugar en concreto donde encontrarlas reunidas, y puede ser complicado dar con todas, así que paso a enumerar, con sus correspondientes link, todas las historias que hoy por hoy comparto o están a la venta.

  • Juegos de Seducción. Novela. Editada por Ediciones Babylon.
  • Juegos de Amor. Novela. Editada por Ediciones Babylon.(a la venta a partir del 1 de Noviembre de 2013)
  • De amor y otros pecados. Antología de relatos. Editada por Ediciones Babylon.
  • Café exprés. Relato corto. Compartido en Scribd y Wattpad
  • Soy todo tuyo. Relato corto. Proyecto Adictos a la escritura. Compartido en ScribdWattpad
  • Testigo. Relato corto. Proyecto Adictos a la escritura. Compartido en Scribd  y Wattpad
  • Soñar te hará libre. Relato corto. Proyecto Adictos a la escritura. Compartido en Scribd  y Wattpad
  • Secretos. Relato corto. Proyecto Adictos a la escritura. Compartido en Scribd Wattpad
  • Perdedores. Relato corto. Proyecto Adictos a la escritura. Compartido en Scribd Wattpad
  • Jornada laborar. Relato corto. Proyecto Adictos a la escritura. Compartido en Scribd Wattpad
  • Monstruos de papel. Relato corto. Proyecto Adictos a la escritura. Compartido en Scribd  y Wattpad
  • Infancia robada. Relato corto. Proyecto Adictos a la escritura. Compartido en Scribd Wattpad
  • El último truco o trato. Relato corto. Proyecto Adictos a la escritura. Compartido en Scribd Wattpad
  • Efímera juventud. Relato corto. Proyecto Adictos a la escritura. Compartido en Scribd  y Wattpad
  • Dos caras de la misma moneda. Relato corto. Proyecto Adictos a la escritura. Compartido en Scribd Wattpad
Aprovecho para informaros de que actualmente estoy trabajando en un relato corto del que daré más noticias en el futuro. Una vez concluido (espero que no me lleve más de un mes), retomaré la continuación de El encuentro, historia que tengo muy avanzada. Y de momento, eso es todo.
Cam, gracias por interesarte. Y gracias a todas y todos por visitar mi blog.

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Este mes no habrá relato porque...

https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjRkCrYFjBmZx8FUe4zLjNCe3ZpOSHXUbZV7H2OSCgU5ulo1QJh1uN_hMxZzrl7ulH6bAPJuXELFiwg-zpPffcscEWkB7sgYWzFY2bRHUDkEBbz4fTJU8vLhjXlMY3pjjfGRfWimgbuUxbn/s1600/gay_kiss_0.jpg... lo que iba a ser una historia de veinte páginas ya va por treinta y aún está por la mitad. Lo lamento, es uno de mis muchos y grandes defectos, ser incapaz de calcular con antelación cuanto más o menos me va a ocupar una historia y el tiempo que voy a precisar para escribirla. Si a esto se le une que el mes de diciembre no ha sido especialmente productivo entre fiestas y trabajo, pues el resultado es el que os anunció en el título.
A continuación, os dejo un fragmento que corresponde a la primera página de la historia. No sé si compartirlo es algo que me vais a agradecer o me granjeará enemigos :)
De camino aprovecho para desearos una buena entrada de año y un feliz 2013.


Fragmento I
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Proyecto Noviembre de Adictos a la Escritura: Las palabras prohibidas

http://us.123rf.com/400wm/400/400/stylephotographs/stylephotographs1105/stylephotographs110500053/9524456-dentista-mujer-trabajando-con-espejo-y-herramienta.jpgAquí estamos otra vez con un nuevo proyecto de Adictos a la Escritura. En esta ocasión el ejercicio consiste en escribir no más de quinientas palabras sobre un tema en concreto, sin utilizar determinadas palabras. En mi caso, de los tres temas propuestos, yo he escogido: un hombre en una consulta dental con fobia al dentista. Las palabras que no pueden aparecer son: miedo, terror, pánico, pavor, fobia. Tampoco se aceptan sus variantes pero sí sinónimos. A ver si lo he conseguido :)

Secretos temores.

Orin volvió a cambiar de postura en la silla y el incómodo asiento de plástico chirrió desagradablemente bajo su trasero. No podía dejar de sacudir la pierna ni de morderse las uñas; la inquietud con la que había entrado en la sala de espera del dentista, había tomado la forma de un puño en la boca de su estomago y desde hacía un buen rato crecía ahondando en sus entrañas, transformándose poco a poco en un pozo anegado de espesa angustia.
«Tranquilízate», se dijo. Limpió con la manga de la chaqueta el sudor que le perlaba la frente. «Puedes hacerlo. Otros no, pero tú puedes vencer este irracional temor. ¡Puedes hacerlo!».
A tirones se abrió el nudo de la corbata; el aire que circulaba por su tráquea parecía arena que alguien estuviera metiéndole por la nariz y la boca a paladas. Trató de tragar con fuerza para liberar su garganta de la desagradable sensación, pero tenía la boca tan seca que le costó mover la lengua.
«¡Ay, Dios!», se lamentó en silencio. «¡No voy a poder! ¡Voy a salir corriendo otra vez!».
La puerta situada al fondo de la sala se abrió, dando paso a una joven enfermera vestida de blanco. Consultó su agenda y echando un rápido vistazo en derredor, anunció:
—Señor Scrivello, su turno.
«¡No!», pensó Orin con espanto. «¡No puedo! ¡No!».
—¿Señor Scrivello? —insistió, clavando en él una desaprobadora mirada.
Orin apretó la espalda contra el respaldo de su asiento y aterrado, miró al resto de pacientes. El anciano de mejillas hundidas, que sostenía en la mano una ajada dentadura postiza torpemente envuelta en papel, le mostró su desdentada encia. El ama de casa de moflete exageradamente hinchado y pupilas dilatadas por los fármacos, soltó una risita siniestra, y la niña con la sonrisa deformada por una monstruosa ortodoncia, le enseñó un tieso dedo corazón.
—¡Ellos están antes! —gritó, señalándolos acusador—. ¡Es su turno!
—Por favor, señor Scrivello —La enfermera avanzó hacia él con ominoso paso—. Otra de sus escena no.
—¡No! —gritó, cubriéndose el rostro con ambas manos—. ¡Por favor, no! ¡Por favor! ¡Por favor!
El intenso pitido del despertador le hizo incorporarse de golpe. Tardó unos segundos en comprender que había vuelto a tener la misma espantosa pesadilla de siempre, aquella que le recordaba su arraigado y obsesivo horror a los dentistas, y un poco más de tiempo en lograr que su mente recuperara la cordura. Al cabo de veinte minutos estaba de camino al trabajo, felizmente desembarazado de sus temores y con una triunfal sonrisa en los labios.
Al entrar en la consulta, inspeccionó con golosa mirada la sala de espera, repleta de pacientes que le contemplaron con reverencial espanto.
—Buenos días, doctor Scrivello —saludó la enfermera—. ¿Hago entrar al primero?
—Por supuesto —Orin se frotó las manos con gesto codicioso—. Hoy necesito poner «manos a los dientes» cuanto antes.
Y riendo a grandes carcajadas por lo que creía un ingenioso juego de palabras, se dirigió a su consultorio.

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Precio para un deseo, por Nut

Relato para el mes de Noviembre.

Un hombre espera en una sala de interrogatorios. Sus recuerdos de las últimas horas son confusos e inconcebibles. Prefiere pensar que ha perdido el juicio antes que creer en la posibilidad de que puedan ser reales. Querría borrarlos, huir de ellos, pero no pude. Como tampoco puede huir del impasible inspector que pretende hacerle confesar su crimen ni del extraño hombre que puso precio a su más anhelado deseo. 

Importante: si alguien está interesad@ en compartir esta historia desde su blog, tiene mi permiso. Lo único que le pido es que me lo comunique escribiendo a nut.chan@gmail.com, que no introduzca ningún cambio en el pdf y que no utilice otro enlace de descarga que no sea el que yo le proporcione. 

Podéis encontrar el relato online en  Amor Yaoi, Scribd, Watppad, y Ficción Original. Para descarga directa en Zippyshare y Minus.

Se agradecerán vuestros comentarios y opiniones. 

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Café exprés, por Nut

Aquí tenéis el relato corto del mes de Octubre.

Jon habita en un edificio de apartamentos ubicado en el Greenwich Village, sus vecinos son, en su mayoría, ancianos excéntricos con mucho tiempo libre para inmiscuirse en las vidas ajenas. Aunque también, desde hace un año, reside en su misma planta un atractivo y promiscuo paramédico, con el que sueña en la intimidad de su cama.

Importante: si alguien está interesad@ en compartir esta historia desde su blog, tiene mi permiso. Lo único que le pido es que me lo comunique a nut.chan@gmail.com, que no introduzca ningún cambio en el pdf y que no utilice otro enlace de descarga más que el que yo le proporcione.

Como siempre, podéis encontrar mis relatos online en Amor Yaoi, Scribd, Watppad, y esta vez también en Ficción Original. Para descarga directa en Zippyshare y como novedad Minus.

Os agradecería mucho que compartierais vuestra opinión sobre el relato conmigo, ya que es el primer relato corto y homoerótico que escribo desde que terminé Juegos de Amor y me siento un poco desentrenada.
Espero que disfrutéis la lectura y gracias.

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Portada y contraportada de "Café exprés"



Como os comenté, pretendo (a ver si nada se me cruza en el camino que lo impida), compartir con vosotras y vosotros un relato corto al mes. Para Octubre tenemos Café exprés, y para ir abriéndo boca, os dejo portada y contraportada. Ya, ya, lo mío no es el diseño de portadas, lo sé :)
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Proyecto Septiembre Adictos a la Escritura: El mes del asco

(Entrada programada)
Vuelvo a retomar mi participación en el grupo Adictos a la escritura y lo hago con una curiosa propuesta. Esta vez la temática es el Gore (aunque en principio este término solo se utiliza en el ámbito cinematográfico, creo que os podéis hacer a la idea de lo que vais a encontrar en este relato), así que desde este momento ADVIERTO a todas las personas que no gustan de este tema, no lean el relato que presento a continuación, ya que podría herir su sensibilidad. De todos modos, ciertamente no sé si he logrado el objetivo, porque nunca antes había intentado escribir una historia de estas características. Ya me contaréis si os parece o no Gore :)

Soy todo tuyo.



La hermosa joven se hallaba sentada en la silla, muy erguida y aferrada al bolso que tenía sobre el regazo. Sus sollozos eran entrecortados y agudos, y se sonaba discretamente la nariz con un pañuelo de papel que extraía de su envoltorio para cada ocasión y que luego, una vez usado, dejaba caer descuidadamente al suelo del pequeño y abigarrado despacho.
El Capitán de policía, arrellanado en su sillón giratorio al otro lado del escritorio, la miró sin ocultar su desdén. Después dirigió su atención hacia la caja hexagonal y de gran tamaño, decorada con coquetos corazones púrpura y un gran lazo dorado, que el Inspector había depositado sobre el escritorio tras entrar en el despacho acompañado de la mujer. Mascullando vagas protestas, cogió el DVD que había sobre la caja y lo examinó sin mucho interés. El Inspector, que permanecía a su diestra visiblemente inquieto, se inclinó un poco hacia él para poder hablarle cerca del oído.
—Dice que tenemos que ver el DVD para entender bien la situación.
—¿Qué situación? —le espetó el Capitán con un ronco bufido; sus treinta años como policía le habían extirpado la paciencia y la buenas maneras—. ¿Tú te has enterado de algo? Desde que se ha sentado solo gimotea; lo único que se le entiende es que alguien ha cometido «un crimen imperdonable».
—¡Imperdonable! ¡Imperdonable! —ratificó la joven, dejando caer el pañuelo que estrujaba entre los dedos—. Véalo usted mismo —le animó, al tiempo que sacaba un nuevo pañuelo con el que, emitiendo un ridículo trompeteo, se sonó la nariz.
El Capitán le tendió al Inspector el disco, sacudiéndolo irritado en el aire.
—Ponlo, por Dios, ponlo.
El joven policía encendió la pantalla situada en una pequeña mesa auxiliar con ruedas, y tras introducir el DVD en el reproductor, la giró hacía el escritorio para que tanto la mujer como el Capitán pudieran ver las imágenes. Tras unos iniciales segundos de ruido blanco, apareció en la pantalla un hombre corpulento con el torso desnudo y sentado en una silla, a cuyo respaldar se hallaba atado, por una correa que le ceñía la cintura. Miraba a la cámara y le sonreía beatíficamente.
—Mi amor —comenzó, la expresión de su rostro era tensa y sudorosa, y sus dilatadas pupilas desprendían un brillo febril—. Hoy es un día muy especial para ambos. —Hizo un gesto hacia la cámara y pocos segundos después, una mujer cuyo rostro no entraba en el plano y que vestía un colorido mandil con grandes bolsillos, se situó a su espalda, apoyándole cariñosamente las manos en los hombros—. Te prometí que sería tuyo en cuerpo y alma y tú no me creíste. «Los hombres hacéis muchas promesas que nunca cumplís», fue tu respuesta. Hoy, con ayuda de mi mamá —Rozó el dorso de la huesuda mano posada en su hombro derecho—. Voy a cumplir mi promesa.
La mujer sacó de uno de los bolsillos del mandil una tijera pequeña de podar que entregó al hombre. Sin que llegara a verse su rostro, salió del plano y regresó portando una bandeja argéntea que situó bajo la mano alzada de su hijo.
—Mis dedos, que te acariciaron el cuerpo. —Con un certero gesto, cortó el pulgar de su mano izquierda, que cayó de golpe en la bandeja, acompañado de un violento chorro de sangre. Se le crispó la sonrisa y su cuerpo sufrió un fuerte estremecimiento, pero no emitió ni un lamento y su pulso era firme cuando cercenó el índice—. Ahora son tuyos.
—¡Que loco hijo de puta! —gritó el Capitán saltando de su silla—. ¡Para esa mierda! —ordenó al Inspector.
—¡No! ¡No! —intervino la joven—. Tienen que verlo hasta el final. Hasta el final.
—¡Por Dios bendito! —el Capitán miró estupefacto al Inspector, el cual, pálido como el papel, se cubría la boca con la mano tratando de contener una arcada, y luego a la joven—. Pero, ¿hay más?
El chasquido de las tijeras les hizo mirar a los tres. A medida que los dedos eran amputados, un surtidor de hermosa savia carmesí borbotaba de cada corte, e igual que una exótica cascada, se precipitaba sobre la bandeja y de esta al suelo, salpicando los pies del hombre y sus pantalones. Cuando no quedó ningún apéndice en la mano, dejó el brazo pender laxo a su costado y devolvió, tembloroso, las humedecidas tijeras a su madre. Esta se marchó llevando consigo la goteante bandeja y su contenido, para regresar con una cajita y algo semejante a una cuchara con el borde dentado.
—Mis ojos, que te contemplaron —recitó con voz trémula el hombre.
Su rostro, bañado por una película pegajosa de sudor, se había vuelto ceniciento, tenía la boca desencajada y los ojos desmesuradamente abiertos. Agarró el instrumento que le tendía la mujer y sin reparos, lo introdujo por debajo del párpado derecho. A medida que hacía palanca, el globo ocular surgía de la cuenca como una pompa de jabón. Le rechinaron los dientes y un quebrado lamento se le escapó del pecho, pero no se detuvo hasta que la bulbosa esfera se precipitó fuera de su orbita y quedó oscilando en el aire, suspendida del nervio óptico. Su madre tuvo que darle un fuerte tirón para poder desprenderlo e introducirlo en la cajita. La extracción del ojo izquierdo no fue tan eficiente. Las fuerzas comenzaban a abandonarle, le temblaba la mano, su respiración era irregular y sibilante y no conseguía mantener completamente erguido el cuerpo. Se rasgó varias veces el globo antes de conseguir extirparlo.
—Ahora son tuyos —balbuceó, la boca llena de la sangre que le corría por el rostro manchándole las mejillas y le salpicaba el velludo torso, las huecas cuencas, similares a dos profundos e irregulares pozos horadados en su cráneo, vueltas hacia la cámara—. Mis palabras, mis pensamientos, mi corazón, a partir de ahora serán para siempre tuyos.
Tanteó en el aire buscando asir algo, hasta que su madre, que se había retirado, reapareció con otra caja aplanada y le puso entre los dedos un bisturí. Abrió la boca y sacó la lengua y mientras la mujer tiraba de ella por la punta, él propinó a la tierna y fibrosa carne, un corte sorprendentemente certero para su inestable pulso, que seccionó el órgano. Su cuerpo se convulsionó bruscamente; se habría caído de la silla de no haber estado atada a ella por la correa. Soltó el bisturí y en un acto reflejo se cubrió la cerrada boca con la mano, y la sangre, densa y torrencial, manó de entre sus labios y dedos acompañada de un gutural aullido.
Su madre, tras guardar en la caja el trozo de lengua, le echó con ternura la cabeza hacía atrás. Volvió a desaparecer y a su regreso, trajo consigo una caja hexagonal decorada con corazones, y una sierra corta de cirujano. Dejó la caja en el suelo, junto a la silla, y tras sujetar la cabeza de su hijo por los cabellos, comenzó, con pulcros ademanes, a serrarle el cuello. El ronco roer de la sierra y los agónicos gritos, se mezclarón con el sonido de las arcadas del Inspector, que ante la eficiencia con la que la cabeza estaba siendo separada del tronco, no pudo contenerse y vomitó en la papelera.
Cuando la mujer concluyó, los brazos y piernas del hombre aún se convulsionaban. Una vez hubo depositado la cabeza en la caja, se sentó sobre los exánimes muslos de su hijo y de espaldas a la cámara, comenzó a seccionar su torso de arriba abajo, trabajosamente; el sonido de la carne y los huesos aserrados no dejaba dudas sobre lo que estaba haciendo. Cuando se giró hacia la cámara, aún su rostro fuera de plano, sostenía en la mano un chorreante trozo de carne lustrosa, maciza y trémula.
—Él te lo ha entregado todo —se escuchó decir a la mujer—. Pero el corazón de un hijo, siempre estará con su madre.
—¿Lo ven? ¿Lo ven? —chilló la joven dirigiéndose al Capitán y al Inspector, los dos demasiado aturdidos y horrorizados como para prestarle atención—. La muy zorra se ha quedado con el corazón. Y era para mí. Él ha dejado muy clarito que era para mí. ¿Es o no es un crimen imperdonable lo que me ha hecho mi suegra?

Fin.





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Juegos de Amor, sexta y última entrega


Nunca he sido muy dada a los discursos, y hoy menos que nunca me apetece hacerlo, seguramente porque me siento triste. Creía que llegado este momento, me asaltaría una mezcolanza de tristeza, alegría y alivio, pero no, la tristeza ha podido con todo lo demás. No es para preocuparse, solo es ese pequeño pellizquito que se pasara pronto, pero que sé retornará cada vez que piense en todo lo que Juegos de Seducción y Juegos de Amor me ha regalado.
Esta última entrega de Juegos de Amor se titula Yose y fuseki, son dos términos utilizados en el juego de Go y una traducción algo libre de ambos, podría ser: final y principio. Me gustan estas palabras en ese orden, también las incluí en el último capítulo de Juegos de Seducción, me gustan porque siempre espero, cuando llega un final, que también exista un principio.
Hoy pongo fin a una larga, muy larga etapa. Pongo fin a la historia que me permitió abrir de par en par una puerta en mi vida que siempre había estado entornada, que siempre temí atravesar. Pongo fin a muchos años de esfuerzo, de frustraciones, de montañas rusas emocionales y de mucha, mucha felicidad. Pero también pongo la primera piedra a un principio. Hoy concluye Juegos de Amor y con su final viene una nueva etapa: nuevos proyectos, nuevas ilusiones, nuevas historias. Por ello la tristeza no me vence y ahora, mientras escribo estas palabras sonrió, a pesar de que mis ojos no pueden contener las lágrimas.
Hace mucho tiempo, cuando Juegos de Seducción apenas si llevaba una veintena de capítulos, alguien me dijo: nunca escribirás nada igual. Y tenía razón, porque las historias se escriben una sola vez. Seguramente mis próximas historias nunca lleguen a donde ha llegado Juegos de Seducción, nunca sus personajes consigan ser tan queridos como Noel y Karel, como Morgan y Kato, como mi pequeño monstruo Dee, pero no importará, porque gracias a Juegos, gracias a los seres que habitan entre sus páginas, gracias a vosotras y vosotros que sois el mejor regalo que se puede tener, yo sigo soñando, sigo escribiendo.
Antes de despedirme, tengo que darle las gracias, las gracias con mayúsculas, a Laura Bartolomé. Es mucho lo que le debo, la lista sería muy larga si hubiera que enumerarla aquí, pero en está ocasión le agradezco profundamente el gran trabajo de corrección que ha hecho con la sexta entrega de Juegos de Amor. Por variados motivos, salud, trabajo, dudas, frustraciones, esta última entrega parecía que nunca iba a ver la luz, y cuando por fin la concluí, no era un trabajo redondo, no estaba satisfecha. Ella me ha apoyado, me ha aconsejado y ha sido esos ojos objetivos y pacientes que toda escritora necesita. Si hoy por fin puedo compartir con vosotras y vosotros el final de Juegos de Amor, es gracias a ella.
Dije que no me apetecía hacer un discurso y miradme, como siempre, he terminado alargando la historia, así que mejor voy resumiendo.
Aquí os dejo los enlaces para Amor Yaoi, 4Shared, Scribd y Wappad. Si encontráis algún error en el documento, errata, etc., no dudéis en comunicármela.
Espero de corazón que disfrutéis con su lectura, espero de verdad estar a la altura, porque sin duda, por vuestro apoyo e infinita paciencia, por vuestra confianza, por vuestro enorme cariño, merecéis que yo os de una buena historia.
Gracias, la vida no sería lo mismo sin vosotras y vosotros ahí.
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La frase ·Adictos a la Escritura · Proyecto Marzo


(Esta es una entrada programada) Este mes el proyecto es curioso. Consiste en que cada participante propone una frase, luego, tras un sorteo, esta es adjudicada a otro participante diferente que tendrá que incluirla en un relato original. Aunque no lo parezca resulta complicado, al menos para mí lo ha sido :)
Pues bueno, la frase que me ha tocado a mí en suerte es: Después de tanto amor y tanto odio, no le quedaba más que aceptar que ambas cosas son inseparables...
Y el resultado, este.

Dos caras de una misma moneda.

Marta lo miró con fijeza, o al menos lo intentó. No lograba enfocar bien la vista. Las líneas del rostro de Alfonso, sus rasgos, se diluían, fluctuaban como un reflejo líquido en la superficie caldeada de una carretera. Súbitamente se angustió, no por la posibilidad de que algo estuviera afectando a sus ojos, sino por el temor de que, tal vez, no podría volver a contemplar su rostro.
«¿Y qué si es así?», se preguntó, vaciándose de la repentina desazón con la misma celeridad con que ésta se había apoderado de su ánimo. «¿No es eso, precisamente, lo que llevo tiempo deseando?». Se tocó la cara y notó en los dedos una sustancia líquida y pegajosa que le corría por la frente y las mejillas. «Sangre», dedujo sin que ello le inspirara ninguna emoción.
Se sentía desorientada y el tufo a gasolina que le saturaba la nariz y la garganta, hacía que su confusión empeorara. Evocó difusamente las vueltas de campana que había dado el coche al salir sin control de la cerrada curva. Era posible que, además de la herida que causaba aquella lenta hemorragia, tuviera algunos huesos rotos, aunque, por extraño que resultara, su cerebro no recogía ninguna señal de dolor.
Se restregó los párpados para limpiarlos de sangre. Ahora distinguía a Alfonso con un poco más de nitidez. La estaba mirando. Sus ojos, desorbitados, la taladraban teñidos de terror. Vio sus labios moverse, pero sin alcanzar a captar sus palabras. No supo si la razón era que sus oídos le fallaban o que a él le fallaba la voz; tampoco le inquietó ignorarlo. En realidad, lo que pudiera estar diciendo le traía sin cuidado.
«¿Me trae sin cuidado?», se extrañó.
Sí, porque Marta ya no amaba a Alfonso. Aunque lejanamente consciente de ello, no era capaz de establecer cuándo el amor, ese amor único, pasional, ciego, incuestionable, que a sus veinticinco años le apresó como un cepo el corazón haciéndole soñar con un futuro en común igual al de los enamorados de novela rosa, siempre juntos, siempre comprensivos, siempre deseándose, había comenzado a licuarse entre los resquicios de la rutina, del hastío de una relación cimentada en la fútil seguridad de que compartía sueños y esperanzas con el hombre que amaba. Tal vez sucedió la primera vez que Marta notó la indiferencia de Alfonso ante sus planes de futuro o en la época en que empezó a intuir el creciente aburrimiento de este en la cama. Quizás cuando se percató de que su marido prefería trabajar hasta tarde en la oficina a regresar al hogar, las salidas con compañeros a las escapadas con ella los fines de semana, cuando descubrió las miradas distraídas que le dirigía a otras mujeres más jóvenes, menos cotidianas.
Trató de levantarse y se inclinó hacia delante. Un vértigo borroso inundó salvajemente su cabeza. Apoyó las manos en el asfalto para no caer de bruces y los pedazos de cristales rotos y metal que salpicaban la carretera se le clavaron en la carne. Unos zumbidos rebotaron dentro de su mente con violencia y sus sentidos despertaron de golpe; hasta la última terminación nerviosa se tornó en un vértice infinito de dolor. Su cuerpo se estremeció con brusquedad, gritó y su propia voz desgarrada le reverberó en los oídos hasta que unas incontenibles náuseas amordazaron el descontrolado alarido.
Enmarcado en el silencio sepulcral que siguió al estertor de sus arcadas, escuchó un cercano chirrido intermitente. Atontada, levantó la cabeza tratando de identificar su origen. Vio que una de las ruedas del automóvil, que descansaba panza arriba sobre el aplastado techo, haciendo equilibrio en el suave terraplén de la cuneta, seguía girando con una lenta y escalofriante lentitud.
—Marta… —oyó que la llamaban.
Alfonso permanecía en la misma posición: el torso asomando por la destrozada ventanilla del conductor, la sangrante cabeza apoyada en el suelo, un brazo extendido hacia ella, como el de un suplicante mendigo, el otro doblado bajo su cuerpo en una postura imposible.
—Ayúdame… —gimió, y borbotones de sangre brotaron de su boca salpicando el asfalto.
Un aletargado rescoldo de amor se avivó en su ser, instándola a gatear por el suelo hasta el hombre, a pesar del dolor sordo de sus miembros, de la sensación vertiginosa que se inyectaba en su cerebro cada vez que movía la cabeza. Con torpes gestos le pasó las manos por debajo de las axilas y agarró sin fuerza los brazos. Le escuchó gemir y llorar tan dolorido como asustado, pero no fue eso lo que la paralizó, sino los recuerdos que inoportunamente la asaltaron. Sin pretenderlo Marta rememoró los muchos gestos desairados, las palabras hirientes, las miradas despectivas protagonistas de su relación desde hacía tiempo. Revivió los silencios interminables cargados de reproches, las cenas preparadas para dos que solo ella consumía, las muchas noches esperando su regreso, huérfana en una cama que se había vuelto un erial. Evocó las inútiles excusas, las acusaciones esgrimidas por ambos, la rabia, la incomprensión, las mentiras egoístas, afiladas e hipócritas. Reconoció el odio navegando libremente por sus venas, ese que había crecido a la sombra menguante del amor, y soltó los brazos de Alfonso.
—Ayuda… —suplicó, tratando de asir el pantalón de Marta.
Sin prestar atención a los desvaídos gestos del hombre, se sentó en el suelo apoyando la espalda en el lateral del vehículo.
—Por favor… Marta —musitó, sus estrábicas pupilas giraban sin rumbo tratando de hallarla.
—Te dije que ibas demasiado deprisa —le acuso con voz ronca. Apoyó la frente en la mano—. Te lo dije. Pero tú ni caso. ¿Para qué? Escucharme es una perdida de tiempo. Nada de lo que digo te importa. Podría desaparecer y tú ni te enterarías. O quizás sí. Quizás es lo que estás esperando, que me rapten o me muera o me tire de un puente, que salga de tu vida sin que tú tengas que ensuciarte las manos. Porque para afrontar en lo que nos ha convertido el amor, hacen falta más cojones de los que tú tienes.
—Por favor…
Marta contempló su rostro, desfigurado por el dolor y los cortes producidos por los cristales rotos del parabrisa; no le pareció el mismo, pero lo era. Debajo de la sangre y el sufrimiento, estaba el hombre que había llegado a odiar tanto como amó.
Tanteó el suelo hasta que su mano chocó con un trozo de algo que podría haber sido el tubo de escape. Lo agarró sin mirarlo; era un poco pesado, pero fácil de manejar.
«Después de tanto amor y tanto odio…», recapacitó. Después de tanto amor y tanto odio, no le quedaba más que aceptar que ambas cosas son inseparables.
No se levantó. Sentada como estaba descargó un primer golpe, flojo y sin puntería, que aún así dio en el blanco con un chasquido blando y arrancó al hombre un prolongado lamento. Hasta el cuarto no consiguió ser lo suficientemente eficaz. Cerca del vigésimo se le agotaron las fuerzas y la voluntad, y el cilindro resbaló de sus dedos.
Ahora, lo que tenía ante si era una mezcla sanguinolenta de carne y huesos, silenciosa y muerta, una irreconocible masa informe de dientes rotos, globos oculares reventados y carne machacada que nada le inspiraba, ni repugnancia ni lastima ni remordimiento, ni siquiera satisfacción.
Le pareció escuchar el sonido de un lejano motor acercándose y con esfuerzo, apoyando la espalda en el coche y empujándose con las manos, se fue incorporando.
Mentalmente comenzó a redactar su declaración.
«Amor y odio, señor juez, las dos caras de una misma moneda. Si no le hubiera amado no le habría odiado. Por eso está muerto. »
La vista se le nubló y sintió lágrimas rodar calientes por su sucio rostro. Se preguntó si la causa de su llanto era una herida en los ojos o tal vez en el alma. No dio con la respuesta y de todos modos, ya daba igual.

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Diseña tu propio Cupido · Adiptos a la Escritura · Proyecto Febrero

(Esta es una entrada programada)
Mes de febrero y nuevo proyecto para Adictos a la Escritura. En esta ocasión reinventamos a Cupido, a ver que os parece como ha quedado el mío :)

Jornada loboral

Abandonó con elegancia la puerta giratoria y con las manos en los bolsillos del pantalón gris arsénico que vestía, se adentró en el vestíbulo, un espacio monumental, luminoso, fresco, de suelos pulidos que reflejaban un universo invertido de techos y paredes lujosamente embellecidos con frescos que representaban, con gran profusión de formas y colores, los siete pecados capitales. El puesto de vigilancia, situado justo en el centro del despejado espacio, estaba presidido por dos guardas de seguridad uniformados. Sus rostros adustos de curtidos cancerberos no experimentaron cambios al verlo entrar, pero sus ojos inquisitivos y fúlgidos le siguieron hasta que desapareció tras las puertas de uno de los numerosos ascensores que se alineaban al fondo del vestíbulo. Aprovechó los segundos de trayecto hacia el piso trece, para atusar los mechones de su entrecana cabellera castaña, peinarse las tupidas cejas y recolocar con un parco gesto, el cuello entreabierto de su costosa camisa violácea.

Al salir del ascensor se cruzó con una exuberante mujer de lustrosa cabellera negra, apetitosos pechos, asomados con lujuria al generoso escote de su traje sastre, caderas provocadoras, piernas infinitas y pies pequeños enfundados en un par de zapatos de agudo tacón. Enmarcando su esbelto cuello lucía un collar de grandes y nacaradas perlas y ciñéndole la cintura, un ancho cinturón adornado con remaches metálicos.

—¿Has vuelto a confundirte, Kalika? —sugirió al pasar junto a ella—. Tu planta es la once: “Departamento de muerte y destrucción”. Te pesan los milenios, querida.

Durante el lapso de un parpadeo, el hermoso rostro de la mujer se trasmutó en un trozo de carne enrojecido y grotesco, herido por una boca de la que escapaba una lengua ponzoñosa y larga, y presidido por unos ojos desorbitados, sanguinolentos y furibundos.

Avanzó risueño, desentendiéndose de la mujer y sus afirmaciones, gritadas a pleno pulmón mientras las puertas del ascensor se cerraban, a cerca de su escasa potencia sexual. Cada paso de su elástico y fibroso cuerpo resonaba en el silencio artificial de largo pasillo, decorado con murales que exhibían sensuales y voluptuosas escenas eróticas protagonizadas por hombres, mujeres y animales. Las dobles puertas que cerraban el corredor, de madera y tachonadas de pequeñas esferas doradas, se abrieron lentamente hacia dentro permitiéndole la entrada a una amplia sala de espera decorada con un sencillo estilo loft. Dos hombres, semejantes a él en físico, elegancia, atractivo y madurez, se encontraban sentados en sendas sillas metálicas. Su llegada apenas les hizo levantar la mirada de las revistas que leían; solo mostraron interés cuando le vieron dirigirse con aplomo a la puerta acristalada que se hallaba al otro lado de la estancia.

—Aguarda tu turno —le exigió uno de ellos con destemplado acento.

—Déjalo —le recomendó el otro, parapetado tras la revista—. Es el hermano Olivier. No le provoques.

Empujó la puerta, recreándose en la satisfacción que le producía que sus hermanos pronunciaran su nombre con tan mal disimulado temor, y la cerró a su espalda. La pequeña habitación en la que ingresó olía a tabaco y sudor y estaba mal iluminada. En el centro, bajo una lámpara que pendía del techo y que proyectaba una luz blanquecina, había un escritorio, y sentado ante él, un hombrecillo calvo, de ojillos de insecto y gesto quisquilloso, que pulsaba velozmente las teclas de un portátil.

—¿No sabes llamar a la puerta? —gruñó sin mirarlo—. Debería mandarte fuera de una patada.

Olivier, sin ocultar la repulsión que aquel individuo en mangas de camisa le provocaba, se sentó en la silla que había frente al escritorio.

—Tengo prisa —adujo apático. Sacó del bolsillo de la chaqueta un pen drive minúsculo y lo tiró sobre la vacía mesa.

—¿Cómo te ha ido? —inquirió el hombrecillo, sin que la expresión aburrida de su rostro denotara interés alguno.

—Aceptable. En San Valentín, ya se sabe, los humanos necesitan más que nunca que los amen —Señaló con el mentón hacia el pen drive—. Todo está ahí. Consulta el informe.

—Ilústrame —le ordenó, abstraído en su pantalla.

Olivier contó hasta diez mentalmente para apaciguar su irritación; algún día perdería la paciencia y como hacia con los miserable mortales, inspiraría en el alma de aquel tipejo un amor imperecedero por alguno de los Ghoul que trabajaban en el “Departamento de enfermedades purulentas”.

—Cuatro casos de amor no correspondido —comenzó a enumerar—: el típico perdedor de instituto enamorado de la animadora estrella, un ama de casa del compañero de su hijo adolescente, un padre maduro de su mejor amigo heterosexual y un cura sexagenario de su feligresa más beata. En el ámbito de los correspondidos: dos casos de incesto, entre dos hermanos y un padre y su hija. Aparte teneos tres mujeres con antecedentes de malos tratos enamoradas de sendos hombres alcohólicos y violentos. Un profesor universitario…

—Espera —El hombrecillo alzó la mano y por primera vez dirigió sus ojos diminutos y punzantes hacia Olivier—. ¿Todos amores infortunados? Ya sabes la consigna del Gran Jefe: un emparejamiento exitoso y duradero por cada diez futuros fracasos. No es conveniente levantar sospechas entre los humanos, ¿lo has olvidado?

Olivier soltó un arrogante bufido.

—¿Crees que soy el mejor de todos los del departamento por nada? Examina el informe y deja de hacerme perder el tiempo.

El hombrecillo, a regañadientes, conectó el pen drive al puerto y durante los siguientes minutos estudió los datos que desfilaban por la pantalla. Cuando concluyó, una sonrisa dentada se ensanchó en su desaliñado rostro.

—Sin duda eres un hijo de puta retorcido —comentó, lamiéndose con lentitud los labios en un deleitoso gesto—. Me cuesta decirlo, pero he de admitir que admiro tu especial habilidad para susurrar en sus almas y convencerlos de los amores más descabellados. Y tu perversión a la hora de escoger quién se enamorará de quién, es algo inimitable.

—Gracias —dijo escuetamente al tiempo que se levantaba de la silla.

—Sabes Olivier —El hombrecillo cruzó los dedos y pensativo, apoyó en ellos la barbilla—. No me hizo muy feliz mi traslado aquí; el “Departamento de amor y otros males menores” me parecía una subdivisión de la Compañía poco útil para los intereses del Gran Jefe, una perdida de tiempo y recursos. Pero empleados como tú me han hecho ver el amor como la destructiva maldición que es en realidad. ¿O acaso los humanos no mueren por amor, no matan por amor, no odian por amor, no enferman por amor, no traicionan por amor, no mienten por amor? ¡Ah! —suspiró—. ¡Qué arma para el mal tan exquisita!

Olivier se encogió de hombros con indolencia.

—A mí no me tienes que convencer. Llevo milenios ejerciendo de Cupido, ¿recuerdas?

Se volvió hacia la puerta con intención de marcharse, pero la voz del hombrecillo, pausada y reverencial, le detuvo.

—Los humanos suelen decir que la mayor astucia del Gran Jefe es haber hecho creer al mundo que no existe —Al mirar por encima del hombro, Olivier vio el rostro del tipo encendido por una expresión de embriagador y cruel goce—. Pero en realidad consiste en haber persuadido a la humanidad de que el amor es el mejor y más hermoso don que el Innombrable les ha otorgado —Inclinó la cabeza a un lado en un gesto casi dulce, antes de añadir—. ¿No te parece una jugada sublime, Olivier?

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Sensaciones · Adictos a la Escritura · Proyecto Enero

Hola, de nuevo estoy aquí con otro proyecto de Adictos a la Escritura (por fin, que llevaba varios meses sin poder participar por falta de tiempo). En este caso, el ejercicio tenía que plasmar las sensaciones de un personaje no convencional que previamente había sido propuesto. Para ello, cada participante ha aportado el suyo y después reunidos todos en una lista, ha escogido uno diferente del propuesto para hacer aún más interesante el ejercicio.
Yo he escogido... bueno ya lo veréis :)
Y aquí os dejo mi relato.

Testigo

Zigzagueé pegada al techo de la habitación desplegando mi consabida habilidad. Esquivé una alargada lámpara de tubos fluorescentes que se cruzó en mi camino y descendí con un vuelo acrobático hasta medía altura, para emprender un elegante revoloteo circular de reconocimiento; mi larga vida de casi veinte días me ha enseñado que es fundamental estudiar bien el terreno antes de realizar una incursión en campo enemigo. No tardé en detectar la presencia de cuatro humanos en la reducida y luminosa habitación. Uno de ellos se hallaba tumbado de espalda en una camilla con los brazos en cruz sobre unos estrechos soportes. Los otros tres se movían a su alrededor sin prisa pero con gestos tensos, propios de quien preferiría estar en cualquier otro lugar.
Después de media docena de giros amplios aparentando adormecimiento —las moscas, nada más nacer, aprendemos a fingir con efectividad cierto grado de atontamiento que inspire en nuestros enemigos la equívoca idea de que somos lentas, torpes y estúpidas— intuí que perdía el tiempo en aquella estancia. No sin cierta sorpresa constaté que, ni captaba olores apetitosos ni lograba detectar elementos comestibles, de hecho, el lugar resultaba desagradablemente impoluto.
Hice ostensible mi disgusto con un ruidoso zumbido que llamó la atención del humano que vestía una bata blanca. Me echó un rápido vistazo con esa detestable displicencia tan propia de su especie y que tan humillante nos resulta a todos los dípteros y volvió a lo suyo; en momentos así caigo siempre en la vulgaridad de querer poseer ese grosero apéndice del que tanto presumen las avispas.
Yo, que no soy temeraria pero gozo de un temperamento impetuoso, inicie un picado veloz digno de mi talento, que concluyó con un perfecto vuelo rasante sobre la cabeza del tipo de la bata. Su manotazo ni llegó a alterar el aire a mi alrededor.
Aproveché para descender sobre el individuo tendido, disfruto especialmente alterando el sueño de los humanos, y dancé con elegancia durante unos segundos cerca de su oreja. No hizo ningún gesto, lo que me llevó a suponer que estaba profundamente dormido, pero al planear sobre su rostro puede apreciar que tenía los ojos muy abiertos y las pupilas clavadas en el techo. Completé un rápido vuelo hasta la palma de su mano y allí me posé. Descubrí con agrado que su piel estaba revestida de una deliciosa película de sudor, algo fría para mi gusto pero no soy especialmente sibarita a la hora de alimentarme, he vivido largos minutos de escasez que me enseñaron por las malas a no dejar pasar ni una sola oportunidad de nutrirme. Mientras succionaba la sabrosa secreción percibí un leve movimiento bajo mis sensibles patas, un estremecimiento continuado que, no obstante, apenas me inquietó; mi desarrollada intuición me decía que aquel humano no se preparaba para asestarme un traicionero golpe, simplemente temblaba.
Fue otro de los humanos, uno ataviado con uniforme policial, el que, al aproximarse inesperadamente, me sobresaltó lo suficiente como para obligarme a optar por una huida a tiempo. Aproveché el apresurado vuelo para volver a inspeccionar mi aséptico entorno; como mosca experimentada con muchos días en mis alas, puedo hacer más de una cosa a la vez. Advertí entonces, que el humano uniformado observaba como el de la bata manipulaba unos tubos delgados y traslucidos, terminados en unos alfileres estremecedoramente largos y gruesos, que insertaba bajo la piel de los brazos del yaciente.
Para no faltar a la verdad, he de admitir que aquel comportamiento me provocó curiosidad. Me considero una experta en conducta humano, he sido testigo de las actuaciones más incongruentes y casi siempre he sabido darles un significado —casi siempre, porque por mucho que considere a las mariposas seres inútiles y pretenciosos, nunca entenderé la necesidad de ensartarlas con un alfiler y ver como se debaten entre la vida y la muerte— pero el por qué de aquello que veía se me escapaba.
Me posé en una pared lateral, en realidad un gran ventanal de cristal, y me entretuve en acicalar mis alas y lustrar mis ojos al tiempo que observaba la escena. ¿He comentado ya que puedo realizar varias tareas al mismo tiempo?
De repente, un golpe brusco en el cristal que hizo vibrar violentamente toda la superficie, me recordó lo efímera que es la vida. Zumbé a toda velocidad hacia el lugar más inaccesible, la lámpara fluorescente, y desde allí constaté que la causa de mi justificado pavor, era una humana situada al otro lado del ventanal. Pegada al cristal sostenía en una mano la arrugada fotografía de un niño y una niña subidos a una misma bicicleta. Hablaba, o mejor dicho, por cómo se movían sus labios y se contraía su rostro, gritaba, pero su voz no conseguía traspasar el grueso cristal. Tras ella detecté la presencia de otras humanas y humanos sentados en sillas, que no hicieron nada por tranquilizarla, más bien simulaban no verla.
El cuarto humano de la estancia, que hasta el momento había permanecido en un rincón, captó mi interés al girar la cabeza en dirección a un gran reloj de esfera blanca y grandes manecillas negras colgado de la pared; se apretó el nudo de la corbata, tironeó de los puños de la camisa y se abrochó los botones de su chaqueta antes de asentir en dirección al humano de la bata blanca. Este se aproximó a un artefacto situado en la cabecera de la camilla y con movimientos precisos manipuló sus interruptores, acto seguido todos se quedaron inmóviles, incluso la humana dejó de gesticular. Los humanos miraban al frente, como si trataran de evitar fijarse en el de la camilla, en cambio, la humana tenía sus rojos y rabiosos ojos posados en él con desquiciada fijeza.
El caso es que tanta inactividad y embobamiento no podía ser desaprovechado, así que descendí para reanudar mi gustosa libación. Esta vez escogí como zona de avituallamiento el rostro, ya que el tipo sudaba copiosamente y las gotas se deslizaban en abundancia por sus facciones, tentándome con su límpido brillo.
No fue una comida tranquila, de cuando en cuando el humano agitaba la cabeza con unos movimientos que, si bien no me parecieron concientemente dirigidos contra mí sino algo similar a pequeñas, descompensadas y bruscas sacudidas involuntarias, la prudencia manda, así que me obligué a cambiar de posición en varias ocasiones. La última molesta interrupción me llevó a posarme sobre su hirsuto mentón y de ahí me desplacé hasta la entreabierta boca. ¡Mmm...! Qué manjar la boca humana, impregnada siempre de un sinfín de sabores enriquecidos con los más exquisitos matices, pero que desilusión en este caso, al hallar unos labios resecos y mustios. Contrariada, me asomé al interior de la boca calibrando la posibilidad de hacer una rápida incursión —mi excelsa destreza en el vuelo me habilita para acciones incluso más arriesgadas— que me permitiera catar las exquisiteces que pueden descubrirse en una lengua humana. Pero antes de que mi ágil cerebro decidiera que hacer, sucedió.
Lo noté como un cosquilleo provocado por una ligera bocanada de aire, una más expelida por los pulmones de aquel tipo, pero eso fue solo una primera, fugaz y errónea impresión. Hasta la última de mis unidades sensoriales vibró en extremo convulsionada cuando aquella ola invisible me golpeó de lleno, y entonces fue como si toda mi anatomía estallara para, tras un inapreciable instante, reconstruirse en un único punto vital, sensitivo, pulsante, inconmensurable, desbordado de una aterradora y maravillosa sensación de plenitud y clarividencia, de una luz, de un calor… ¡Ah! Lo lamento. A pesar de mi erudición, soy incapaz de describir como merece, el que fue y será, el instante culmen de mi existencia. Hasta aquel día, hasta aquel momento, solo era una humilde mosca, un individuo más de una sufrida especie denostada por muchos, infravalorada por otros, perseguida por todos.
Pero hoy… hoy… hoy soy la mosca que fue capaz de oler, de sentir, de saborear… un alma humana.
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Proyecto Adictos a la escritura: Especial Halloween

Pues aquí estoy de nuevo con un proyecto de Adictos a la escritura. Es mi primera participación este curso, a ver que os parece. El tema, está claro, ¿verdad? Halloween :)

Monstruos de papel.

—Los monstruos están ahí siempre que cierro los ojos.
—Los míos aparecen cuando los abro.


—A ver… ¿quién quiere salir ahora? —preguntó Mary.
Varias docenas de manos infantiles se alzaron con precipitación, sacudiéndose en el aire para mostrar su descontrolada impaciencia. Mary las contempló henchida de orgullo; el entusiasmo de sus pequeños alumnos de seis años siempre la llenaba de una satisfacción profesional que en ocasiones rozaba peligrosamente la inmodestia.
—Jason —Apuntó con el mentón a un niño regordete sentado en el tercer pupitre de la fila central—. ¿Quieres enseñarnos tu dibujo?
Jason bajó de la silla ilusionado, tanto que los nervios le hicieron trastabillar y apunto estuvo de caer al suelo. Los otros alumnos celebraron su torpeza a carcajadas, pero él, luciendo una sonrisa pintada de chocolate, correteó con el dibujo apretujado entre los dedos hasta donde su profesora le esperaba, ignorando alegremente las agudas risas.
—¿Cómo se llama tu monstruo, Jason? —le interrogó la mujer acuclillándose a su lado.
El niño estiró los brazos y mostró su obra a los expectantes compañeros sujetándola con ambas manos; tan tensa era su pose que el papel amenazaba con rasgarse.
—¡El Terrible Hombre Brócoli! —anunció usando un tono grave que pretendía asustar; pero lo único que logró fue arrancar más risotadas infantiles. En el papel, entre pegajosas manchas, se podía apreciar una figura imprecisa, que recordaba vagamente a un ser humano de color verde musgo con cabeza de alcachofa.
—¿Y qué te da miedo del “terrible hombre brócoli”? —inquirió Mary recolocando detrás de la oreja del crío un rizo rebelde de su negra pelambrera.
—Mis padres dicen que si no me como todo el brócoli vendrá él y me comerá a mí — declaró abriendo mucho los ojos y asintiendo con el convencimiento de un erudito.
La sonrisa benevolente de Mary no desapareció, pero tras sus labios los dientes se apretaron hasta rechinar unos contra otros.
Los padres, siempre ellos. Necios egoístas que infiltraban en aquellas maravillosas mentes miedos y baldías supersticiones, sin querer ser conscientes del daño que sembraban. En honor a esos padres olvidadizos y patéticos, empeñados en repetir con sus hijos los mismos errores que sus progenitores cometieron con ellos, cada Halloween ponía en práctica junto a sus niños “el pequeño exorcismo del monstruo”, como le gustaba definir aquel sencillo experimento más sicológico que pictórico.
—Pero no tenemos que tenerle miedo, ¿verdad, Jason? —El niño sacudió la cabeza a un lado y a otro con tanta fuerza que le temblaron los mofletes—. Porque los monstruos…
—¡No existen! —concluyeron los niños con un grito triunfal y escandaloso.
—Por eso no pueden hacernos daño —sentenció Mary, irguiéndose con aire victorioso, acogiendo aquellas voces estridentes como el mejor premio a sus esfuerzos.
Si de pequeña alguien hubiera tenido la deferencia de ayudarla a deshacerse de sus monstruos como ella ayudaba a sus alumnos, quizás su infancia no sería el lúgubre recuerdo invadido de sombras e indefinidos temores que era.
«Como no te portes bien, vendrá el Hombre Oscuro y te hará cosas malas».
Durante años, aquella repetida amenaza doméstica la hizo vivir en un estado de aprensivo nerviosismo. Creció como una niña asustadiza e insomne, que por las noches, al cerrar los ojos, intuía en los rincones de su dormitorio la presencia agazapada de aquel hombre sin rostro que aguardaba alerta para saltar sobre ella justo en el instante en que dejara de ser una niña buena. Un ser de quien únicamente sabía que existía para causarle un incierto daño que por desconocido, era aún más aterrador.
—¿Quién quiere salir ahora? —preguntó, desterrando de sus pensamientos al Hombre Oscuro, obsoleto fantasma vencido hacía ya mucho tiempo a fuerza de voluntad, y animando a Jason con un empujoncito maternal a regresar a su asiento.
De nuevo los niños apuntaron al techo con sus enérgicos brazos semejantes a delgadas lanzas; incluso aquellos que ya habían participado mostrando su dibujo se unieron al resto, deseosos de repetir aquel instante de inocente gloria. Y de nuevo Mary, para su disgusto e igual que había ocurrido en cada anterior ocasión, percibió la ausencia de una mano alzada en el último pupitre de la fila junto a la ventana; la niña que lo ocupaba, fiel a su mal hábito, no se había dignado a mostrar el más mínimo interés por lo que sucedía a su alrededor. Mary torció el gesto. En cada curso, con cada nueva avalancha de niños, aparecían uno o dos alumnos que, por indescifrables motivos, le inspiraban un frío rechazo, el cual, aún siendo poco profesional, se veía incapaz de remediar; ese era el caso de aquella criatura introvertida y taciturna. No sabía que detestaba más de ella, si el pelo encrespado y negro que coronaba su testa invariablemente inclinada, el rostro macilento y anguloso, los huidizos ojos azules que nunca miraban directamente a nadie o la inquietud y repulsa que inspiraba en los otros alumnos.
—Lily, ¿has hecho tu dibujo? —le preguntó, a sabiendas de que muy posiblemente no había cumplido con su tarea.
Lily no respondió, se levantó sin alzar la vista y tomando de su pupitre una hoja de papel, caminó con pasos cortos y amortiguados bajo la mirada atenta y silenciosa de los demás alumnos. Al llegar junto a Mary se detuvo, con los huesudos brazos fláccidos a los lados del cuerpo y la hoja pendiendo de su mano inerte.
—¿Cómo se llama tu monstruo? —le interrogó, alzando suspicaz una ceja.
—El Hombre que Sonríe —respondió en un susurro.
Algunas risitas afloraron entre los niños.
«El hombre que sonríe», pensó Mary, resignada. «¡Qué falta de imaginación!».
—¿Y por qué te da miedo? —continuó, sin mucho interés.
—Porque por las noches se mete en mi cama —respondió en una pausada locución que hizo que todos los ojos se posaran en ella con recelosa curiosidad—. Se sienta encima de mí, me aplasta y me hace daño.
Mary percibió la corriente de alarma que. semejante a un latigazo, recorrió el aula.
—No te puede hacer daño —se apresuró a corregir Mary—. Porque los monstruos…
—¡No existen! —corearon los niños, pero sin el entusiasmo esperado.
Lily inclinó un poco la cabeza para poder mirar de soslayo a su profesora.
—Él mío sí—musitó con voz ronca.
No supo si fueron los inesperados golpes en la puerta lo que la hicieron dar un respingo o la visión fugaz de las hondas, dilatadas y huecas pupilas, que eran los ojos de la niña.
—Señorita Renfield —la airosa cabeza de la directora asomó tras la puerta—. El señor Myers, el padre de Lily, ha venido a recogerla —anunció—. Tiene cita con el médico.
—Ve a por tus cosas —No sin cierto alivio, Mary empujó a la niña apartándola de su lado—. No hagas esperar a tu padre —le instó, al tiempo que distraídamente tomaba la hoja que Lily le tendía—. Ningún monstruo es real. Sólo existen en los cuentos —recitó examinando reprobadora el dibujo—. Por eso no pueden hacernos daño.
«Ni seres imaginarios sabe dibujar», caviló con desdén mientras contemplaba la torpe ilustración, esbozada en el papel, de un hombre alto y completamente calvo, que lucía una sonrisa ancha trazada de oreja a oreja y por ojos, un par de borrones azul cobalto pintados con exagerado vigor.
—Gracias, señorita Renfield —oyó decir desde la entrada a una voz desconocida.
Se giró y lo vio. Al hombre alto, calvo, con su blanda sonrisa de oreja a oreja y sus ojos profundos, azules, penetrantes hasta la repulsión, sujetando la mano de su hija Lily. Y también el rostro de la niña vuelto hacia ella, mirándola directamente por primera vez. Vio las pupilas inyectadas de un inhumano espanto, vio los mortecinos labios silabeando un tembloroso y mudo alarido de auxilio… y la sangre se le volvió hielo en las venas. Fue entonces cuando Mary Renfield comprendió una verdad irrebatible: los únicos monstruos que no podían causar daño, eran los de papel.