Muchas gracias por seguir escogiendo mis historias.
Hola a todos y todas. Pues sí, la cosa va de aniversarios. Por un lado el del blog, al que tengo un poco abandonado en los últimos meses; pero ya se sabe, la vida ahí fuera es un poco complicada. En julio cumplirá cinco añitos, ¡quién lo diría!. Pero este 2014 también celebro otro aniversario, el de mis diez años como escritora en la red (sí señoras y señores, diez años ya. ¡Qué vértigo!) En el 2004 publiqué el primer capítulo de Juegos de Seducción en la mítica página Amor Yaoi, y bueno, el resto es historia. Mucho ha llovido desde entonces y aún estoy aquí, lo cual, teniendo en cuenta mi tendencia a la pereza, mi falta de iniciativa y mi arraigado pesimismo, es todo un milagro. Por ello creo que es de rigor celebrarlo como es debido. Para empezar en julio tengo previsto poner en marcha un sorteo con regalo de libros en papel y electrónicos. ¿Qué libros? Bueno, creo que podéis imaginarlo. Y para agosto, si todo sale según tengo planeado, comenzaré a compartir por capítulos una nueva-vieja historia que seguramente algunas de las más antiguas seguidoras conoceréis y a la que, a pesar de haber dejado de lado en más de una ocasión en beneficio de otras, tengo especial cariño. ¿Sabéis cuál? Venga, os dejo como pista el dibujito de la izquierda. Fácil, ¿eh? Lo dicho, se nos viene concurso y nueva historia.
... lo que iba a ser una historia de veinte páginas ya va por treinta y aún está por la mitad. Lo lamento, es uno de mis muchos y grandes defectos, ser incapaz de calcular con antelación cuanto más o menos me va a ocupar una historia y el tiempo que voy a precisar para escribirla. Si a esto se le une que el mes de diciembre no ha sido especialmente productivo entre fiestas y trabajo, pues el resultado es el que os anunció en el título.
Jon habita en un
edificio de apartamentos ubicado en el Greenwich Village, sus vecinos son, en
su mayoría, ancianos excéntricos con mucho tiempo libre para inmiscuirse en las
vidas ajenas. Aunque también, desde hace un año, reside en su misma planta un
atractivo y promiscuo paramédico, con el que sueña en la intimidad de su cama.
(Esta es una entrada programada)Al salir del ascensor se cruzó con una exuberante mujer de lustrosa cabellera negra, apetitosos pechos, asomados con lujuria al generoso escote de su traje sastre, caderas provocadoras, piernas infinitas y pies pequeños enfundados en un par de zapatos de agudo tacón. Enmarcando su esbelto cuello lucía un collar de grandes y nacaradas perlas y ciñéndole la cintura, un ancho cinturón adornado con remaches metálicos.
—¿Has vuelto a confundirte, Kalika? —sugirió al pasar junto a ella—. Tu planta es la once: “Departamento de muerte y destrucción”. Te pesan los milenios, querida.
Durante el lapso de un parpadeo, el hermoso rostro de la mujer se trasmutó en un trozo de carne enrojecido y grotesco, herido por una boca de la que escapaba una lengua ponzoñosa y larga, y presidido por unos ojos desorbitados, sanguinolentos y furibundos.
Avanzó risueño, desentendiéndose de la mujer y sus afirmaciones, gritadas a pleno pulmón mientras las puertas del ascensor se cerraban, a cerca de su escasa potencia sexual. Cada paso de su elástico y fibroso cuerpo resonaba en el silencio artificial de largo pasillo, decorado con murales que exhibían sensuales y voluptuosas escenas eróticas protagonizadas por hombres, mujeres y animales. Las dobles puertas que cerraban el corredor, de madera y tachonadas de pequeñas esferas doradas, se abrieron lentamente hacia dentro permitiéndole la entrada a una amplia sala de espera decorada con un sencillo estilo loft. Dos hombres, semejantes a él en físico, elegancia, atractivo y madurez, se encontraban sentados en sendas sillas metálicas. Su llegada apenas les hizo levantar la mirada de las revistas que leían; solo mostraron interés cuando le vieron dirigirse con aplomo a la puerta acristalada que se hallaba al otro lado de la estancia.
—Aguarda tu turno —le exigió uno de ellos con destemplado acento.
—Déjalo —le recomendó el otro, parapetado tras la revista—. Es el hermano Olivier. No le provoques.
Empujó la puerta, recreándose en la satisfacción que le producía que sus hermanos pronunciaran su nombre con tan mal disimulado temor, y la cerró a su espalda. La pequeña habitación en la que ingresó olía a tabaco y sudor y estaba mal iluminada. En el centro, bajo una lámpara que pendía del techo y que proyectaba una luz blanquecina, había un escritorio, y sentado ante él, un hombrecillo calvo, de ojillos de insecto y gesto quisquilloso, que pulsaba velozmente las teclas de un portátil.
—¿No sabes llamar a la puerta? —gruñó sin mirarlo—. Debería mandarte fuera de una patada.
Olivier, sin ocultar la repulsión que aquel individuo en mangas de camisa le provocaba, se sentó en la silla que había frente al escritorio.
—Tengo prisa —adujo apático. Sacó del bolsillo de la chaqueta un pen drive minúsculo y lo tiró sobre la vacía mesa.
—¿Cómo te ha ido? —inquirió el hombrecillo, sin que la expresión aburrida de su rostro denotara interés alguno.
—Aceptable. En San Valentín, ya se sabe, los humanos necesitan más que nunca que los amen —Señaló con el mentón hacia el pen drive—. Todo está ahí. Consulta el informe.
—Ilústrame —le ordenó, abstraído en su pantalla.
Olivier contó hasta diez mentalmente para apaciguar su irritación; algún día perdería la paciencia y como hacia con los miserable mortales, inspiraría en el alma de aquel tipejo un amor imperecedero por alguno de los Ghoul que trabajaban en el “Departamento de enfermedades purulentas”.
—Cuatro casos de amor no correspondido —comenzó a enumerar—: el típico perdedor de instituto enamorado de la animadora estrella, un ama de casa del compañero de su hijo adolescente, un padre maduro de su mejor amigo heterosexual y un cura sexagenario de su feligresa más beata. En el ámbito de los correspondidos: dos casos de incesto, entre dos hermanos y un padre y su hija. Aparte teneos tres mujeres con antecedentes de malos tratos enamoradas de sendos hombres alcohólicos y violentos. Un profesor universitario…
—Espera —El hombrecillo alzó la mano y por primera vez dirigió sus ojos diminutos y punzantes hacia Olivier—. ¿Todos amores infortunados? Ya sabes la consigna del Gran Jefe: un emparejamiento exitoso y duradero por cada diez futuros fracasos. No es conveniente levantar sospechas entre los humanos, ¿lo has olvidado?
Olivier soltó un arrogante bufido.
—¿Crees que soy el mejor de todos los del departamento por nada? Examina el informe y deja de hacerme perder el tiempo.
El hombrecillo, a regañadientes, conectó el pen drive al puerto y durante los siguientes minutos estudió los datos que desfilaban por la pantalla. Cuando concluyó, una sonrisa dentada se ensanchó en su desaliñado rostro.
—Sin duda eres un hijo de puta retorcido —comentó, lamiéndose con lentitud los labios en un deleitoso gesto—. Me cuesta decirlo, pero he de admitir que admiro tu especial habilidad para susurrar en sus almas y convencerlos de los amores más descabellados. Y tu perversión a la hora de escoger quién se enamorará de quién, es algo inimitable.
—Gracias —dijo escuetamente al tiempo que se levantaba de la silla.
—Sabes Olivier —El hombrecillo cruzó los dedos y pensativo, apoyó en ellos la barbilla—. No me hizo muy feliz mi traslado aquí; el “Departamento de amor y otros males menores” me parecía una subdivisión de la Compañía poco útil para los intereses del Gran Jefe, una perdida de tiempo y recursos. Pero empleados como tú me han hecho ver el amor como la destructiva maldición que es en realidad. ¿O acaso los humanos no mueren por amor, no matan por amor, no odian por amor, no enferman por amor, no traicionan por amor, no mienten por amor? ¡Ah! —suspiró—. ¡Qué arma para el mal tan exquisita!
Olivier se encogió de hombros con indolencia.
—A mí no me tienes que convencer. Llevo milenios ejerciendo de Cupido, ¿recuerdas?
Se volvió hacia la puerta con intención de marcharse, pero la voz del hombrecillo, pausada y reverencial, le detuvo.
—Los humanos suelen decir que la mayor astucia del Gran Jefe es haber hecho creer al mundo que no existe —Al mirar por encima del hombro, Olivier vio el rostro del tipo encendido por una expresión de embriagador y cruel goce—. Pero en realidad consiste en haber persuadido a la humanidad de que el amor es el mejor y más hermoso don que el Innombrable les ha otorgado —Inclinó la cabeza a un lado en un gesto casi dulce, antes de añadir—. ¿No te parece una jugada sublime, Olivier?

