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Proyecto de Adictos para el mes de Octubre.

Pues sí, después de muchos meses vuelvo a participar en los proyectos de Adictos. Aquí mi relato para el mes de Octubre, conmemorando Halloween. No seáis tímidos y dejad vuestros comentarios.

Cine Paraíso.

Abrió los párpados con la sensación de haber dormido profundamente; sin ensoñaciones, sin pensamientos, sin ese interludio entre el sueño y el despertar en el que uno es consciente de que no está despierto pero tampoco dormido.
Lo primero que vio fue la pantalla de cine. En ella un niño con un bañador de color indefinido jugaba a hacer castillos de arena en una playa desteñida, bajo un cielo sin tonalidades. La luz blanda que vertía aquella silenciosa escena perfilaba los respaldos de los asientos de las primeras filas y creaba una penumbra opaca que no llegaba a disipar la oscuridad acurrucada en los rincones de la sala.
Algo aturdido miró por encima de su hombro. Distinguió en la semioscuridad más hileras de asientos, y al fondo, en los laterales, unas pesadas cortinas sobre las que levitaba una luz amarillenta. Arriba, cerca del en techo, el altorrelieve de la cabeza de un león abría sus fauces para escupir un haz de luz cargado de imágenes que al toparse con la pantalla cobraban vida.
Se enderezó frotándose los ojos. No le cabía duda de que se hallaba en un cine, aunque los asientos de madera sin tapizar, los incómodos reposabrazos fijos y el aroma a desinfectante con reminiscencias a zotal y humo de cigarrillos, le hacían pensar en aquellos cines de barrio de su niñez y no en las modernas e impersonales salas de proyección con pantalla gigante, sonido envolvente y 3D. No dejaba de ser desconcertante el anacronismo del lugar, aunque lo que más le chocaba era no recordar cómo había llegado hasta allí.
En la pantalla, el niño en blanco y negro lloraba mientras unos pies de infante, cuyo dueño quedaba fuera de plano, pateaban los castillos de arena hasta reducirlos a montones informes y desparramados.
No prestó demasiada atención a la escena, concentrado en rescatar de las profundidades de su mente las últimas horas. Recordó haber estado bebiendo en el bar de Ted más de lo habitual, y lo habitual ya era mucho, y el recuerdo de sí mismo agarrado a la barra como un naufragó sin fuerzas, babeando whisky, le despertó de nuevo la furia, la misma que había desatado contra su mujer y que le había llevado, como otras tantas veces, de cabeza al bar. Notó el familiar calor reptando por la nuca, el hormigueo en los brazos, la presión en el pecho, síntomas todos del inminente estallido. Se peinó los cabellos hacia atrás con ambas manos, respirando muy despacio. ¿Por qué había sido esta vez? ¿El trabajo? ¿Los niños? ¿La cena? ¡Qué más daba! La furia estaba ahí, en su interior, adherida a su espina dorsal como un parásito, cohabitando a la espera de una palabra, de un gesto, de una excusa cualquiera. Y entonces brotaba. Liberada de su reclusión se le escapaba por las manos y la boca y los ojos; se vertía fuera de su cuerpo dejándole vacío, felizmente vacío durante unos instantes. El mundo parecía diferente cuando la furia le abandonaba, menos incomprensible, más soportable. En esos instantes llegaba el remordimiento, las disculpas y las promesas sin futuro. Pero la furia siempre retornaba. Cuando el sonido de los llantos se extinguía y los puños dejaban de doler, la furia reaparecía. Se le colaba de nuevo dentro filtrándose hasta las entrañas y allí se quedaba, latiendo despacio, acechando.
Le escocían los nudillos. En la oscuridad no pudo distinguir bien las heridas, pero no hacía falta, recordaba que esta vez había sido especialmente violento, primero con su mujer y después con las puertas; podía imaginar sin mucho esfuerzo el aspecto de sus manos.
Algo en la pantalla captó su atención. Un hombre abrazaba al niño del bañador, un tipo fornido, amenazador, extrañamente familiar. Consolaba al pequeño al tiempo que sus labios se movían bruscos y veloces y sus ojos decepcionados y hostiles miraban al frente. La escena no tenía sonido, era imposible saber que estaba diciendo aquel hombre de grandes manos, y aún así lo sabia.
—¿Qué pasa contigo? —dijo en voz alta, y el silencio pesado que le rodeaba pareció engullir cada palabra—. ¿No puedes estar ni un minuto sin joder a tu hermano?
Sintió asco y rabia y odio. Contra el hombre, contra el niño del bañador. Los mismos celos que padeció como un genuino tormento durante toda su niñez y adolescencia, esos que le habían llevado a convertir la vida de su hermano pequeño en el peor de los infiernos, se le removieron en las entrañas; vividos, consistentes, como un veneno, hasta el punto de notar como la bilis le subía por la garganta. Los celos. Recordaba lo que le hacían pensar, lo que le hacían sentir, lo que le hacían desear.
Se cubrió la boca y se dobló en dos tragándose las nauseas.
¿Qué estaba sucediendo? ¿Por qué esa escena le era tan próxima? ¿Tanto se parecían los protagonistas a su padre y a su hermano como para hacerle rememorar aquellos años? ¿Y por qué el recuerdo venía acompañado de sentimientos tan físicos?
Con un gesto brusco se deshizo el nudo de la corbata. Alzó los ojos buscando de nuevo las inquietantes imágenes, pero no las halló. El paisaje era otro: nocturno, callejero, convertido por el blanco y negro en una existencia plana. En segundo termino un edificio achaparrado, una fachada iluminada con luces de neón monocromáticas; y veinteañeros fumando, bebiendo de vasos de papel, bailando al son de una música que no sonaba. Un grupo de unos siete jóvenes se apartó del resto y corrieron hacia la pantalla como si quieran atravesarla, pero en realidad solo tratan de atrapar a alguien fuera de campo que huía y al que terminaron alcanzando y tirando al suelo. Los puños, los pies enfundados en botas y zapatillas de deporte, los escupitajos, cayeron sobre la pantalla.
Sintió el dolor de aquellos golpes inexistentes. Se retorció en el asiento queriendo esquivarlos, protegiéndose el rostro con los brazos, de puños que no le alcanzaban, de taconazos que quedaban atrapados al otro lado de la pantalla.
—¡Parad! ¡Parad, hijos de puta! —chillo, pateando los asientos de delante.
No era un dolor real el que sufría su cuerpo, lo sabía. Era un recuerdo, uno de hacía muchos años, de una noche en que una niñata calientapollas de la universidad no se la quiso chupar y él la zarandeó, y la llamo puta; y ella, para joderle, fue a contarle su versión a los matones de sus amigos. No era real, su mente era consciente de ello, y aún así sentía de nuevo las patadas en el estómago y los riñones, los puñetazos en la cara, el miedo convertido en un dolor más intenso e hiriente que los propios golpes.
Se puso en pie y a trompicones, retorciéndose, con el aguijón del miedo clavado en su mente, negándose a mirar hacia la pantalla, salió al pasillo y corrió hacia la luz amarilla. No entendía lo que estaba pasando y no iba a perder el tiempo en intentar entenderlo.
Alcanzó la cortina y la apartó con violencia. Al otro lado vio una sala con hileras de asientos y una pantalla de cine en la que un hombre gesticulaba con el rostro transfigurado por la cólera mientras sacudía en el aire un puñado de papeles.
Confuso, retrocedió dejando caer la cortina. Miró a su espalda y de nuevo, retirando la cortina, hacia la sala que tenía ante sí.
—No puede ser... —musitó adentrándose en ella, notando que el miedo comenzaba a transformarse en pánico.
Corrió por el pasillo palpando las paredes. Llegó hasta la pantalla y se giró para mirar hacia el fondo. Allí estaban las dos cortinas a cada lado, coronadas por las luces amarillas de emergencia, y pegada al techo, impertérrita, la cabeza de león, con sus fauces escupiendo luz. Se lanzó por el pasillo contrario y atravesó sin detenerse la cortina, para dar de nuevo con una sala de cine donde el mismo hombre colérico continuaba en la pantalla gritando y amenazando con los puños cerrados.
—Tranquilízate. —Se cubrió el rostro con los puños cerrados—. Si has entrado tienes que poder salir.
Respiró hondo varias veces y apartó las manos. No quiso, pero sus ojos fueron directamente hacia la pantalla buscando el rostro del hombre vociferante.
Lo conocía, demasiado bien. Lo conocía y recordaba cada palabra que estaba pronunciando aunque no pudiera oírlas. Sus críticas, sus insultos.
—¡No soy un inútil! —gritó apuntando hacia la pantalla—. ¡Y lo sabes, hijo de puta! ¡Claro que lo sabes!
La humillación de entonces regresó. La sintió renacer dentro de él, espinosa, cáustica, tan real como lo fue años atrás cuando aquel envidioso le hacía ir a su despacho para acusarle de apropiarse del trabajo de otros porque era demasiado inepto y vago para poder hacerlo por sí mismo. En cada ocasión habría querido poder responderle permitiendo que brotara la furia que habitaba en su interior, que fueran sus puños los que argumentaran contra sus afirmaciones. Pero la humillación, esa que nace de tener que escuchar las verdades sobre uno mismo que no somos capaces de aceptar, se lo tragaba todo, incluso la furia, y le dejaba impotente, enfermo, hastiado hasta la nausea de sí mismo y del mundo.
A la carrera llegó hasta la pantalla. Tiró de la lona con ambas manos, con los dedos convertidos en garfios.
—¡Calla, cabrón! ¡Calla!
La lona se desgarró con un sonido pesado, abriendo una fisura en forma de siete que expuso el muro que había tras la pantalla. Se apartó de ella maldiciendo y escupiendo su desesperación. Corrió por el pasillo y de nuevo entró en la sala contigua. Una mujer lloraba en la pantalla abrazada a un niño. El llanto convulsionaba sus hombros que los brazos del pequeño no llegaban a abarcar. Sus sollozos mudos resonaban en la sala como gritos.
La vio a ella, al niño y también la rotura en la pantalla, exacta a la que unos segundos antes, en la sala continua, sus mismas manos habían originado.
—¿Qué está pasando? —chilló.
Corrió por ambas salas pidiendo ayuda a gritos, saltando sin sentido por los asientos, dando trompicones, cayendo al suelo y levantándose espoleado por una angustia viscosa. Buscó una puerta de salida que no existía, pateando y golpeando las paredes con las manos, sin importarle el dolor que las iba entumeciendo. Arrancó las cortinas. Tiró sus zapatos contra la cabeza del león. Rasgó la pantalla con tanto ímpetu que se le rompieron las uñas. Gritó y gritó sin descanso hasta que la voz se le quebró y de su boca ya solo salieron graznido.
Al cabo de un tiempo que no fue capaz de calcular, se dejó caer con la espalda apoyada en la pared; agotado, perdido en la nebulosa de terror que le embargaba, sintiéndose enclaustrado por la densa atmósfera de silencios.
—Recuerda, recuerda —se dijo tironeándose de los cabellos, resollando, derramando lágrimas de desesperación y terror—. Si has entrado tienes que poder salir. ¡Recuerda como has llegado aquí, por el amor de Dios!
En la desgarrada pantalla los veinteañeros volvían a desahogarse con patadas y golpes. Su intangible brutalidad le hizo sacudirse con violencia.
—¡Basta! ¡Basta! —suplicó.
Arrastrándose por el suelo, llegó hasta la sala contigua, queriendo escapar del horror y el sufrimiento que aquella escena le producía. Alzó la cabeza y en la pantalla vio que había una playa y un niño y un hombre, y los celos, que eran peor que los golpes, se retorcieron como culebras en sus entrañas.
—Recuerda —se dijo con la cara pegada a la moqueta—. Recuerda, joder. El bar de Ted, las copas. Saliste y cogiste el coche. Sí, lo cogiste y llegaste hasta la avenida. Había un autobús y entonces... entonces...
La imagen brotó en su mente como la ráfaga de unos faros segando la oscuridad de la noche. La vio un segundo con nitidez, y después desapareció, pero fue suficiente.
Se quedó inmóvil, sin respirar, sin pensar, como si todo su ser no fuera más que la cáscara reseca de sí mismo y temiera convertirse en polvo con un simple parpadeo. Después, mucho después, despacio, porque las fuerzas le habían abandonado, tanteó buscando un punto de apoyo. Se agarró a un reposabrazos y logró tirar de su cuerpo y alzarlo, para dejarse caer como un fardo sobre el asiento. Con las manos se cubrió el rostro y a través de los dedos miró hacia la pantalla. En ella, la mujer que tanto se parecía a su esposa suplicaba que parase mientras abrazaba a un niño que era igual que su hijo.
Los remordimientos, esos que se tragaba siempre, que ignoraba, que nunca fueron lo suficientemente sinceros como para hacerle cambiar, le punzaron el pecho, agudos igual que puñales, como si pretendieran abrirse camino hasta el exterior a cuchilladas.
—Así que era verdad —murmuró.
Una risa entrecortada y ronca surgió de su garganta.
Era cierto. Como algunos imbéciles proclamaban, al morir uno veía pasar la vida ante sus ojos. Allí estaba la suya, su inútil y detestable vida, convertida en una película en blanco y negro sin sonido y sin vuelta a tras.
Sus carcajadas subieron de volumen, crecieron hasta volverse estridentes, grotescas.
—¿Hasta cuándo? —gritó agarrándose al asiento de delante, enroscándose en él porque las piernas no le sostenían—.  ¿Hasta cuándo tendré que aguantar esta mierda?
Hubo un fundido en blanco en la pantalla y unas letras negras emergieron de las profundidades.
—«Sesión continua» —leyó.
Y cuando los veinteañeros aparecieron de nuevo en la pantalla gritó, de pie, los ojos desorbitados, la boca desencajada. Gritó con todas sus fuerzas, con todo el terror que le invadía. Pero su voz solo fue un silencio más en la sala de cine.

Fin.

11 comentarios:

jldurán dijo...

Uf, menos mal que has acabado, me estaba poniendo malo del todo. Hay trozos de tu relato que los hemos pasado todos, a mí me han pisado los castillos de arena muchas veces. Me has dejado el cuerpo temblando. Me ha gustado tu descripción y me he olvidado de todo lo demás. El último párrafo he tenido que leerlo varias veces para saber cómo termina. Un abrazo.

Inna Franco dijo...

Muy atrapante. Y con una justa lección para el protagonista. Felicitaciones!!! :)

Nerea García dijo...

Qué frustración.
Sin duda el protagonista merecía algo así.
¡Saludos! :)

Christian Rey dijo...

Que escrito, esta muy bien redactado, las palabras que usaste las adecuadas y me llegaste a generar claustrofobia, excelente
Saludos desde Colombia

Erzengel Eds dijo...

El ritmo, la secuencia de escenas y la reacción del espectador... sencillamente perfecto y macabro a partes iguales.
Me encantó volver a leerte!!!

M.A. Álvarez R. dijo...

Me ha gustado mucho el relato. La manera de comenzarlo me ha llamado mucho la atención, es intrigante. Las descripciones me han parecido geniales, me gusta que incluso describes los olores de la sala. También esa sensación de agobio y miedo de querer salir de un sitio y acabar volviendo al mismo y de estar atrapado. El final me ha sorprendido mucho, me ha transmitido como que recoge lo que siembra o prueba su propia medicina y encima con la incertidumbre de no saber hasta cuando...
Está genial. Un saludo!!

Meli ^^ dijo...

Karma puro, muy merecido.
¡¡Muy buen relato!!

Marcos DK dijo...

Una historia tan buena como la redacción. Un maravilloso ejemplo de terror psicológico. Enhorabuena :)

Jaime Cabrera dijo...

Definitivamente me gustó. Las descripciones son muy acertadas y me atrapó cuando comenzó. El enclaustre me fascinó aunque el significado de la película me lo pensé desde que comencé.
El final está bien. Karma puro.
Saludos.

Nut dijo...

Muchas gracias por leer el relato y por vuestras opiniones. Jldurán, repasaré el final, gracias.

Tania Yesivell dijo...

Me encanta. La forma en que lo cuentas está bien, pero lo que más me llamó la atención es el significado que das a eso de "ver pasar tu vida frente a tus ojos".